Joan Teixidó, de 81 años, comparte piso con otras cinco personas mayores en un edificio social del paseo marítimo de Badalona, en España, una fórmula de vivienda compartida que le permite mantener su independencia sin recurrir a una residencia de ancianos, según informó el diario Clarin el 13 de octubre de 2026.
Su caso ilustra un fenómeno creciente en Europa: personas mayores sin recursos suficientes para acceder a una vivienda propia y que encuentran en los pisos compartidos una alternativa a la soledad y al encarecimiento del mercado inmobiliario.
De Lleida a Badalona: una vida en viviendas compartidas
Teixidó nació en Lleida y se mudó a Badalona a los veinte años junto a su familia. A lo largo de su vida ha vivido siempre en hogares compartidos con otras personas. A los setenta y cuatro años, cuando el propietario de su última vivienda no le renovó el alquiler, recibió la oferta de instalarse en Llars Horitzó, un bloque de pisos sociales donde conviven dieciséis personas mayores de sesenta años.
Además del umbral de edad, los residentes comparten otra condición: carecen de recursos económicos para acceder a una vivienda en el mercado. Teixidó reconoce que tuvo «mucha suerte» de no tener que sumergirse en la búsqueda de un nuevo alquiler.
«Nunca imaginé que acabaría viviendo así, pero estoy contento con mi vida y eso para mí es muy importante. Aquí tenemos nuestra independencia y, al mismo tiempo, estamos acompañados», explicó Teixidó a La Vanguardia, según recoge Clarin.
Un modelo entre la independencia y la compañía
En su planta conviven otros cinco compañeros, con edades que van de los sesenta y ocho a los ochenta y cuatro años. Todos conservan autonomía física y mental, no necesitan ayuda externa y no se ven a corto plazo en una residencia de mayores.
«No me veo en una residencia. Aquí tengo mi habitación, mi independencia y siempre hay alguien con quien hablar», afirmó Teixidó. En su opinión, en una residencia «uno empeora en todos los sentidos», mientras que en el piso compartido se siente libre: decide cuándo levantarse, si salir a caminar, ver a sus amistades o relajarse en las zonas comunes.
La vida cotidiana se organiza alrededor de los espacios compartidos. Cada residente prepara sus propias recetas en la cocina, y el salón funciona como punto de encuentro. «Yo tengo televisión en mi habitación, por ejemplo, pero, si quiero ver un partido de fútbol, voy al comedor y a lo mejor nos juntamos tres o cuatro», contó. También juegan al dominó o simplemente charlan.
«Lo bueno es que puedes estar en tu habitación cuando quieres tranquilidad, pero sabes que tienes a gente cerca. Compartir vivienda también te da vida a nuestra edad», añadió. Teixidó se refiere a sus compañeros como a una familia, aunque admite que, como en toda casa, «siempre puedes tener alguna discusión, pero se olvida».
El trasfondo: un mercado de vivienda inaccesible
Detrás de la historia personal de Teixidó hay un problema estructural que afecta a jóvenes, familias y personas mayores. El jubilado, que trabajó durante años en el sector de la hostelería, sostiene que compartir piso es, para muchos, la única alternativa posible.
«Tiene que haber un cambio porque, si no, lo vamos a pasar muy mal. Y es difícil que ese cambio llegue rápido», lamentó.
Los datos respaldan su diagnóstico. Según el Centro de Investigaciones Sociales (CIS), el 85,6 % de las personas encuestadas que viven en la habitación de un piso de alquiler y que no planean mudarse a una vivienda independiente en los próximos doce meses señalan que es «porque el precio de compra es demasiado alto para sus ingresos».
Teixidó puede pagar con su pensión el alquiler de su pequeña habitación, cubrir sus gastos e incluso ahorrar, pero él mismo habla desde el privilegio de residir en Llars Horitzó, donde destina menos del 30 % de su paga al alojamiento. Muchos de sus compañeros, antes de entrar, vivían en habitaciones de pisos compartidos, otros habían sufrido desahucios y algunos incluso dormían en la calle.
Una lección para el debate sobre envejecimiento y vivienda
El modelo de Llars Horitzó combina dos elementos que las políticas públicas suelen tratar por separado: el acceso a la vivienda y el acompañamiento en la vejez. Teixidó ve en esta fórmula una respuesta a la soledad que llega con los años. «Si estás en un piso tú solo, aunque puedas pagártelo, a esta edad puede ser complicado», reflexionó.
Para sociedades que envejecen rápidamente, la experiencia de Badalona sugiere que las viviendas compartidas con apoyo público pueden ser más dignas y más económicas que las residencias tradicionales, siempre que los residentes conserven su autonomía. La clave, según el propio Teixidó, es el equilibrio: privacidad en la habitación propia y compañía a pocos pasos.
«Tengo un techo bajo el que vivir y estoy satisfecho con lo que tengo», concluyó.
Preguntas frecuentes
¿Qué es Llars Horitzó?
Es un edificio de pisos sociales situado en el paseo marítimo de Badalona, en España, donde conviven dieciséis personas mayores de sesenta años sin recursos económicos para acceder a una vivienda en el mercado.
¿Cuánto paga Joan Teixidó por su habitación?
Teixidó destina menos del 30 % de su pensión al alquiler de su habitación en el edificio social, lo que le permite cubrir sus gastos e incluso ahorrar.
¿Por qué muchas personas comparten piso en lugar de vivir solas?
Según el CIS, el 85,6 % de quienes alquilan una habitación y no planean independizarse en los próximos doce meses dicen que el precio de compra de una vivienda es demasiado alto para sus ingresos.
