Friedrich Merz: Entre la ambición reformista y el desgaste prematuro del poder en Alemania
Friedrich Merz llegó a la Cancillería alemana con una agenda reformista clara y la promesa de acelerar transformaciones estructurales. Sin embargo, siete meses después de asumir el cargo, el canciller conservador se encuentra en una posición compleja, enfrentando un desgaste político que ha llegado antes de lo previsto y resultados que aún no satisfacen las expectativas.
Un balance de gestión incompleto
El propio Merz reconoció públicamente el pasado 8 de diciembre su insatisfacción con los logros alcanzados hasta la fecha. "No estoy satisfecho con lo que hemos conseguido hasta ahora", declaró en una intervención televisiva, una confesión poco habitual en un jefe de Gobierno alemán y particularmente llamativa en una fase tan temprana del mandato.
Esta autocrítica refleja las dificultades que ha enfrentado el Ejecutivo alemán para implementar su agenda reformista en un contexto adverso. El canciller ha debido gobernar en medio de una desaceleración económica persistente, la guerra en Ucrania, las tensiones transatlánticas con Estados Unidos y una sociedad alemana fatigada tras años de crisis encadenadas.
Agenda interna compleja y coalición frágil
La agenda doméstica de Merz incluye asuntos particularmente sensibles: la reforma del sistema de pensiones, el nuevo modelo de servicio militar, la política de asilo y la gestión del ascenso de la extrema derecha. Estos temas han generado tensiones dentro de la coalición entre conservadores y socialdemócratas, revelando fracturas más profundas de lo esperado.
Un ejemplo notable fue el debate sobre las pensiones, que expuso una fractura generacional dentro de la propia Unión conservadora, con diputados jóvenes dispuestos a votar en contra del Ejecutivo. Aunque Merz logró salvar la votación en el Bundestag, el episodio demostró que gobernar requiere más que autoridad formal.
Desplome en popularidad
Los indicadores de popularidad han caído con una rapidez sorprendente. Según los últimos sondeos, Merz alcanza niveles de desaprobación comparables a los de su predecesor Olaf Scholz en su peor momento, aunque Scholz necesitó más de dos años para llegar a esas cifras. Solo un 22% de los alemanes se declara satisfecho con la labor del actual canciller.
Esta caída se ha visto agravada por controversias como la polémica del "Stadtbild", cuando el canciller aludió a la degradación visible de algunos espacios urbanos como síntoma de problemas de integración. Las declaraciones generaron una tormenta política inmediata y fueron capitalizadas por Alternativa para Alemania (AfD), que continúa creciendo en las encuestas.
Refugio en la política exterior
En el plano internacional, Merz ha encontrado mayor comodidad y proyección. Su apuesta por reforzar el eje europeo junto a Francia y el Reino Unido, su implicación directa en las conversaciones sobre Ucrania y su insistencia en dotar de garantías sólidas cualquier alto el fuego le han permitido proyectar liderazgo internacional.
Cada vez más analistas describen a Merz como un canciller forjado en la gestión de crisis más que como el gran reformador que había prometido ser. Este perfil, sin embargo, no resuelve los dilemas internos que siguen afectando a su Gobierno.
Desafíos institucionales y democráticos
El caso alemán ilustra los desafíos que enfrentan las democracias europeas contemporáneas para implementar reformas estructurales en contextos de crisis múltiples. La tensión entre la necesidad de transformación y la demanda social de estabilidad representa uno de los principales dilemas institucionales de nuestro tiempo.
Merz ha optado por una estrategia poco habitual en la política alemana: la autocrítica pública. Reconoce retrasos, admite errores de comunicación y pide tiempo, intentando ganar credibilidad a través de la transparencia sobre las dificultades del proceso reformista.
Perspectivas futuras
El calendario político se intensifica con las elecciones regionales de 2026, que se perfilan como un primer plebiscito real sobre el liderazgo de Merz. El canciller aún no ha fracasado, pero tampoco ha logrado imponer el relato de un nuevo comienzo para Alemania.
La experiencia alemana ofrece lecciones importantes sobre los límites del poder ejecutivo en democracias consolidadas y la complejidad de implementar agendas reformistas en sociedades polarizadas. El tiempo determinará si la ambición reformista que llevó a Merz a la Cancillería podrá traducirse en un proyecto de país duradero o si quedará como un impulso inicial frustrado por las circunstancias.
